
—¡Somos una de las empresas más grandes de esta ciudad!
No sabría decir si en las palabras del director general había orgullo o había decepción.
—La gente se desvive por entrar a trabajar aquí, pero una vez que lo consiguen se transforman en funcionarios que solo esperan la jubilación. Perdemos productividad. Ya se han quejado varios clientes importantes. Cada año crece la cartera de pedidos, pero duplicamos los plazos de entrega. Y vamos a peor.
—¿Desde cuándo detectáis que viene sucediendo esto?
—Desde hace tres o cuatro años; pero este último ejercicio ya es exagerado. —Dijo el responsable de producción tras mirar al director general.
—¿Ha habido algún cambio importante en el accionariado en los últimos años?
—Ninguno.
—¿Y en los puestos de dirección?
—No ha habido cambios relevantes en casi ocho años.
Además del director general y los dos consultores, asistían a la reunión: el director de producción y su adjunto, la directora de personal, el responsable de PRL y técnicos de varios departamentos.
—¿Qué pensáis que está ocurriendo? —pregunté abiertamente.
Se hizo un silencio.
Nadie quería ser el primero en dar su opinión.
—Nuestras marcas están muy bien posicionadas, tenemos mucha demanda, —empezó a hablar tímidamente un técnico de producción—, hemos incorporado una nueva línea de producción y contratado más personal, pero cada trimestre el retraso sigue aumentando y tenemos más pedidos esperando. Siempre ha habido algún retraso puntual por alguna incidencia concreta, pero nunca de forma permanente como ahora. Es evidente que está pasando algo que no vemos.
—Por supuesto que algo está pasando. Y eso es lo que queremos que solucionéis. —concluyó el director mirándonos a nosotros dos.
—Por eso estamos aquí, para ver si podemos ser útiles. Está claro el problema que os preocupa. Imagino que le habréis dado muchas vueltas… ¿tenéis alguna idea de cómo ha ido ocurriendo? —mi compañero reformuló mi última pregunta tratando de abrirla al resto de la mesa.
Intercambiaron miradas.
Tras dudar un momento, la jefa de personal comenzó a hablar:
—Pensamos que la plantilla se ha acomodado; la mayoría están más centrados en conseguir nuevas concesiones que en sacar el trabajo. Al principio era solo en producción. Pero esa actitud se ha ido generalizando poco a poco. A ver, sabemos que siempre vamos a tener casos de menor implicación, pero es como si ese ambiente se hubiera ido extendiendo por casi toda la empresa.
—¿Casi? ¿Qué sigue funcionando bien?
Se paralizó la mesa. Fue apenas un segundo. De pronto, comenzaron a hablar simultáneamente, pero no con nosotros. Comentaban la situación entre ellos.
Uno de los asistentes no dejaba de tomar notas sin mirar a los demás. No llegó a intervenir en toda la reunión.
Pedimos un poco de orden.
Algunos intervinieron a continuación. Describían una y otra vez la situación, cada uno desde su perspectiva técnica, pero todos secundando el planteamiento inicial.
Los demás esperaban.
—Seguimos sin saber cuál creéis que puede ser el origen de este cambio —me dirigí a la directora de personal.
—¡Que los hemos tratado demasiado bien! —respondió impaciente por ella el director. —Hemos priorizado su bienestar por encima de la empresa pensando que responderían y nos hemos equivocado. La culpa es nuestra y estas son las consecuencias.
Se le veía realmente abatido con este asunto.
—En realidad, a nosotros nos interesa más encontrar causas que culpables. —explicó mi compañero tratando de quitar densidad a la reunión.
Volvió cierta calma.
—¿Qué intentos de solución ha habido antes de hablar con nosotros? —esperé la respuesta de la mesa.
Me sorprendió la franqueza del director:
—Hemos trabajado con otra consultora en los últimos meses, pero solo hemos estado mareando la perdiz. —Su tono tampoco anunciaba demasiada confianza en nosotros.
—¿Pero antes de eso? —insistí de nuevo— ¿qué soluciones concretas habéis intentado?
—Hemos accedido —prosiguió la responsable de personal— a prácticamente todas las peticiones sindicales para mantener el buen ambiente y demostrar que cuidamos a los trabajadores…
—¿Y cuál ha sido su respuesta? —intervino nuevamente el director— Solo les preocupa reducir más la jornada, tener descansos más largos, ampliar los permisos… No se dan cuenta de que, si la empresa va mal, también les afectará. Pero es como si esta guerra no fuera con ellos.
Era extraño que interrumpiera a sus colaboradores, cuando había sido él quien se había empeñado en convocar la larga lista de asistentes para esta reunión.
Nosotros no nos opusimos.
Quizás nos equivocamos.
—Antes, ¿teníais una política de personal más “dura”? —mi compañero miró especialmente a quienes aún no habían dicho nada.
—Siempre hemos tratado bien a la gente —contestó recogiendo el guante el responsable de Prevención—. Es cierto que somos una de las principales salidas laborales de la comarca, pero antes era un orgullo trabajar aquí. Ahora, sin embargo, se trata de conseguir un trabajo cómodo y seguro. Ha cambiado el ambiente de la empresa. Antes la plantilla tenía más sentido de la responsabilidad…
—¡La plantilla se ha afuncionariado! —cortó de nuevo el director. —Ese es el problema. Y los supervisores, en lugar de actuar, son cada vez más blandos. ¡Y yo ya no sé qué hacer!
El que tomaba notas se detuvo.
El jefe de producción bajó la mirada.
Se produjo un silencio largo que nadie osó romper.
Nadie dijo nada.
¿Estábamos hablando de un problema o la propia reunión era el problema?
La organización parecía una sola mano firme intentando dar forma a una enorme masa de blandiblup.
Puede que el director fuera una persona desesperada que cedía más de lo que aparentaba.
En nuestro caso, no hubo ninguna concesión.
—Bueno, ¿qué proponéis? —nos interpeló directamente rompiendo el silencio que él mismo había provocado con su última intervención.
—Bien, ahora que ya nos hemos hecho una idea, nos gustaría tener una segunda reunión contigo. —dejó caer mi compañero.
—No. En adelante lo trataréis todo con ellos —afirmó señalando a sus responsables. —Tenéis una semana para presentarnos una propuesta de solución.
Se apartaba.
Empecé a dejar de ver un director agresivo y a descubrir una persona desgastada incapaz de soportar más frustración.
—Será más complicado así. Hay cuestiones más específicas que nos gustaría abordar… —insistió mi compañero.
—Yo no puedo seguir ocupándome de esto. Ya os hemos explicado lo que pasa. Ahora os toca a vosotros.
Mi compañero me miró en silencio. No necesitaba palabras para hablarme.
—Nos va a hacer falta algo más de tiempo. Tenemos una visión general, pero nos gustaría profundizar, hablar con los profesionales de las diferentes líneas, revisar alguna documentación, visitar las instalaciones… —intenté explicar nuestra forma de trabajar.
—Haced lo que tengáis que hacer; ellos os facilitarán lo que pidáis. En una semana espero vuestra propuesta. Llevamos demasiado tiempo con esta situación. Tengo que dar una solución al Consejo. Si no os veis capaces, decidlo y pasaremos a las siguientes opciones.
Estaba atrapado en el mismo sistema que intentaba cambiar.
Nos hubiera gustado dedicar más tiempo al director.
Haber sido más pacientes.
Más perspicaces.
Más claros.
—En una semana es difícil que os podamos presentar una propuesta fiable —dijo mi compañero.
—Eso ya es cosa vuestra.
Y ahí terminó la reunión.
Supe que no íbamos a volver.
