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¿Para qué lo estás haciendo? -

¿Para qué lo estás haciendo?

El fin último de una organización es sobrevivir y crecer. Y la única vía posible para lograrlo es crecimiento y rentabilidad: ganar más dinero en cada ejercicio. Este fin por sí mismo ya da legitimidad a cualquier proyecto empresarial o profesional; da legitimidad al emprendedor y en general, a cualquier profesional o trabajador que quiera prosperar. Uno trabaja para ganar dinero, para sobrevivir y mejorarse a sí mismo y a los suyos. Todos estamos en eso.

Ahora bien, además del evidente fin de ganar dinero ¿hay otras motivaciones?

Es muy tentador caer en la idea de que el emprendimiento solo persigue ganar dinero. Puede que en algunos casos sea así, sin más, pero para evitar simplificaciones es preferible hablar de generar riqueza, que es un concepto más amplio y de mayor alcance. Además, habiendo conocido a tantos empresarios y emprendedores, creo que en su mayoría esta terminología encaja mejor con la realidad de estas personas comprometidas con un proyecto empresarial.

Ganar dinero es importante. Es la base que va a sostener todo. Si quiebra esa base, ya sabemos qué pasa. Por ello, es natural que tendamos a medir nuestros proyectos —que es tanto como medirnos a nosotros mismos—, a la luz de la cuenta de resultados (este nombre desde luego sí es muy adecuado). Sin embargo, que esta medida sea referencia de cualquier proyecto empresarial, no implica la inexistencia de otras motivaciones más profundas que actúan con su propia fuerza e impulsan también el proyecto.

Dejadme poner un ejemplo que creo todos entenderemos rápido. Que el expediente académico, las “notas” de un niño (o una niña, da igual) suela ser uno de los principales termómetros de validación para los padres — “si hay buenas calificaciones, todo suele estar bien” — no significa que sea un fin en sí mismo. Para los padres las “notas” son importantes por lo que subyace a ellas: el bienestar emocional implícito del niño, la oportunidad de futuro que simbolizan, la estimulación de su autorresponsabilidad, desarrollar su libertad de elección, etc. Vamos, que el niño parece estar centrado y si se descentra, las notas lo reflejarán. Incluso para el propio niño, las “notas” no suelen ser importantes en sí mismas, sino porque saben o intuyen que son importantes para sus padres; así, la verdadera fuerza que motiva al niño es probablemente obtener de sus padres una “mirada buena” para él, su reconocimiento. Esto será así hasta que el niño madure y sea capaz de sentir una motivación directa hacia sus propias metas académicas y asuma su responsabilidad en ello. Esta maduración forma parte de la sana evolución personal y le servirá para emprender proyectos propios en cada momento vital.

Volviendo al mundo de la empresa. Ganar dinero es la base de cualquier proyecto. Pero no es lo único que puede alimentar ese proyecto. Conocemos otras motivaciones y podemos identificarlas: la necesidad de logro, la superación personal, la validación social, demostrarnos a nosotros mismos que valemos o demostrárselo a otras personas —¿nuestro padre? ¿nuestra madre? ¿nuestra pareja? —, la necesidad de protegernos o proteger a otros ante futuras crisis, etc. A diferencia de la motivación económica, que podríamos decir que es común a todos de forma casi natural, esta segunda clase de motivaciones requieren para activarse de un mínimo proceso interior, de un cierto grado de autenticidad. Es así como despliegan todo su efecto, cómo funcionan, cómo nos mueven. En este sentido, la motivación que más valor puede aportar es aquella que cada uno personaliza y encuentra en sí mismo y para sí mismo. Entre todas esas motivaciones, hay una que para mí ocupa un lugar especial. Pero eso da para otra reflexión, quizá en otro momento.

Si además del deseo legítimo de ganar dinero, un proyecto está respaldado por otras motivaciones ¿sumarán algo estas motivaciones a la hora de impulsarlo hacia delante? ¿influirán en el diseño de nuestro proyecto y en nuestras decisiones estratégicas? ¿afectarán a nuestro modo de relacionarnos y transmitirán “algo invisible” a los clientes que reciben nuestros productos o servicios? ¿se incorporarán a nuestra manera de dirigir y calarán de algún modo en nuestros equipos y colaboradores? En definitiva, ¿aportarán estas motivaciones adicionales una fuerza extra a nuestro proyecto?  

Por cierto, estamos en junio y se acerca el fin de curso. Quizá, aunque nuestra infancia ya queda lejos, sea un buen momento para mirar nuestras propias “notas” y preguntarnos: ¿qué estoy evaluando realmente cuando miro los resultados de mi proyecto?