
Fernando Fernán Gómez reconocía que nunca sintió el cine como una vocación especial, sino como un trabajo más. Decía que su verdadera vocación habría sido la de “rico heredero” y que podría vivir perfectamente sin hacer nada. Siempre me sorprendió que alguien pudiera crear obras tan extraordinarias sin sentir una gran vocación.
El trabajo es necesario porque nos proporciona los recursos para vivir. Esa es su función básica: permitir que podamos hacer realidad nuestros proyectos vitales, aunque el camino no siempre sea fácil.
Pero hay más.
El trabajo nos ayuda a madurar y es clave en el desarrollo personal. Nos enseña cuánto cuesta construir una vida.
El trabajo nos permite integrarnos en la sociedad y formar parte del gran intercambio en que consiste la convivencia.
El trabajo es una de las grandes fuentes de realización del ser humano y nos da la posibilidad de proyectar lo que somos en lo que hacemos, dando sentido así a una parte de nuestra existencia.
Que el trabajo no sea un asunto fácil y no esté exento de los correspondientes quebraderos de cabeza, no excluye la realización potencial que alberga. De la misma manera que estar abiertos a la realización de la vida en familia no significa que el camino, como parejas o como padres, no esté empedrado en más ocasiones de las que nos gustaría con situaciones complicadas y momentos dolorosos.
Somos adultos. Sabemos que la vida no es perfecta (tampoco imperfecta, es como es) y que forman parte de ella tanto los malos momentos, como las grandes satisfacciones.
He mantenido entrevistas con muchas personas sobre su vida laboral y no son pocas las que han confesado: “me encanta mi trabajo”.
Frente a la obsesión actual por encontrar la pasión, la mayoría de las personas que han dado esta respuesta tienen profesiones corrientes, de las que no llenan estadios ni obtienen premios internacionales. No se trata de deportistas de élite o directivos de grandes corporaciones en los que la vida parece girar en torno al proyecto profesional. Ni son necesariamente profesiones tradicionalmente más vocacionales, tipo médico o policía, las que irradian mayor nivel de satisfacción. La categoría tampoco parece tener un peso especial y, de algún modo, es indiferente ocupar una jefatura que un puesto base: directores y administrativos, jefes de equipo y comerciales, responsables de planta y auxiliares de enfermería, supervisores y personal de limpieza.
A lo largo de los años he observado que algo en común en los que se dicen satisfechos con su trabajo es sentir la utilidad que su labor tiene en los demás. Cierto es que resulta más fácil experimentar esta sensación si prestas tu ayuda profesional a personas concretas, que imaginar una masa anónima y abstracta de personas, supuestamente agradecidas, que se benefician de tu trabajo. Quizás por ello la respuesta de satisfacción ha sido más habitual en profesiones del sector servicios que en puestos de producción.
En realidad, todos los trabajos están al servicio de otras personas.
No siempre se siente una vocación profesional, pero lo que sí es posible en todos los trabajos es sentir una vocación de servicio, porque de todos los trabajos se desprende casi siempre un beneficio para alguien. Y saber que estamos ayudando a otras personas nos llena.
Otro punto interesante a destacar en estas entrevistas es la actitud interior hacia el trabajo.
La familia suele ocupar el primer lugar, pero estas personas conceden al trabajo un lugar importante y respetan profundamente su profesión: lo toman en serio, son cuidadosos, tratan de mejorar… saben cómo tienen que hacer su trabajo para sentirse competentes en su campo, es como si se sintieran orgullosos de su profesionalidad.
Evidentemente, no siempre es así. Todos conocemos o hemos vivido directamente situaciones en las que el trabajo genera malestar y se siente como una losa. El trabajo es importante en nuestra vida y en esas situaciones se observa especialmente el impacto que tiene. Por no hablar de cuando falta el trabajo de forma prolongada y comienzan a surgir sentimientos de miedo y frustración, a la vez que la autoestima cae en picado.
Muchas veces no depende tanto de la actitud de la persona como del contexto, ya sea personal o profesional. Cada persona tiene etapas y circunstancias diferentes que nos condicionan —quién no ha pasado por épocas en las que trabajaba muy a gusto y por otras en las que costaba un auténtico sobreesfuerzo ir a trabajar—. Y están también los contextos profesionales, en los que lo determinante no es tanto la tarea en sí como el ambiente en que se realiza. Hasta la persona más apasionada con lo que hace puede deprimirse el domingo por la tarde solo de pensar en su jefe intratable, en el individualismo de sus compañeros o en la sobrecarga perpetua de trabajo.
Sin embargo, es en contextos de clima laboral más saludable donde las actitudes contradictorias son más llamativas: energía frente a apatía, ilusión frente a aburrimiento, amabilidad frente a aspereza… personas que están en su trabajo frente a personas que tienen que estar, personas que viven su trabajo como un servicio a otras personas frente a quienes se sienten obligados a tener que aguantar a los demás.
Quizás el trabajo sea solo trabajo... o quizás haya algo más.
¿Por qué unas personas disfrutan con su trabajo y otras lo sienten como una carga?
¿Estoy desilusionado solo con mi trabajo… o con otros aspectos de mi vida?
¿Cómo quiero vivir mi trabajo?
Quizás todavía haya algo que sí depende de nosotros.
Puede que hayamos despreciado mucho al trabajo y que, por otro lado, lo hayamos idealizado demasiado.
Es posible que el trabajo no nos haga libres, pero tampoco tiene por qué hacernos esclavos.
El trabajo merece ser mirado con respeto.
¿Estamos condenados a trabajar para vivir?
¿Merece la pena vivir para trabajar?
¿Se puede, sencillamente, vivir y trabajar?
