¡Buenos días, madrugador!

Era mi primer día.

Llegué demasiado pronto.

El edificio aún parecía dormido.

Siempre llego antes cuando estoy nervioso.

La directora general había estado de viaje el día de mi entrevista y hoy por fin iba a conocerla.

El vigilante apenas levantó la vista cuando dije: “buenos días, soy nuevo”.

Comencé a subir escaleras en busca de mi despacho, que creía recordar en la segunda planta. La semana anterior me lo había indicado Yolanda, quien iba a ser mi jefa de departamento, pero lo cierto es que, con los nervios y mi pésima orientación, no recordaba exactamente su ubicación.

Estaba subiendo una planta más cuando alguien que bajaba con pasos rápidos desde la tercera se detuvo al verme y sonrió:

—¡Buenos días, madrugador! —su voz resonó en el silencio de la escalera—. Tú eres Fermín, el nuevo. Estás buscando tu despacho, ¿verdad?

Iba muy bien arreglada y había algo en ella que transmitía energía.

—Sí, no recuerdo dónde…

—Está en la segunda planta. ¡Bienvenido! Aquí nadie suele llegar antes que yo.

Me acompañó hasta mi despacho —efectivamente, en la segunda— sin dejar de hablar ni de sonreír, y yo sin dejar de preguntarme si ella era la directora general.

Encendió las luces al entrar. El despacho era amplio y con un gran ventanal.

—Has tenido mucha suerte porque tus compañeros son formidables —iba a compartir espacio con dos compañeros más, Pepa y Juan—. Bueno, ya te lo habrá dicho Yolanda… aquí vas a estar muy a gusto.

—Es usted muy amable —le dije, no sin cierta impostura.

—¿Usted? ¿Tan mayor te parezco? No me trates de usted por favor, aquí todos nos tuteamos… llámame Rosa y listo.

—¡Confirmado! —pensé—. Es la directora general.

—Cualquier cosa que necesites no dudes en pedirla y haremos lo que podamos. Es normal que los primeros días andes un poco perdido, así que con calma.

—Gracias, Rosa —respondí de nuevo.

Se quedó mirándome fijamente, como si pudiera leer la inseguridad que yo sentía. Y tras una pausa en la que pareció pensar cuidadosamente las palabras, me dijo:

—Escucha —entonó con gravedad—, tu trabajo es muy importante para la empresa y exige mucha concentración. No es una tarea fácil que pueda hacer cualquiera, pero estoy convencida de que tú lo vas a hacer genial.

Por primera vez aquella mañana respiré tranquilo. Entonces sí, se lo agradecí de corazón.

—Pues muchas gracias, Rosa. No sabes cuánto te agradezco estas palabras, de verdad —le contesté, mientras mis nervios se iban disipando.

Todavía no me había sentado y ya me sentía un poco imprescindible.

Tenía ganas de empezar. De aportar.

—Aquí todos intentamos arrimar el hombro, así que en todo aquello que te pueda ayudar cuenta conmigo, por favor.

—Gracias, Rosa, así lo haré.

—Pues un placer y ahora perdóname, que tengo mucho trabajo por delante y la semana acaba de empezar.

Giró sobre sus tacones y se alejó por el hall central de la planta, mientras la escuchaba saludar a los compañeros que iban llegando: “Hola Sara” … “buenos días Rosa” … “¿qué tal el partido del niño, María Elena? ¿ganamos?” … “Rosa buenos días” … “qué camisa tan bonita Raúl” …

Mi última experiencia laboral no había sido demasiado buena y el ambiente de la empresa era algo que había valorado especialmente en este proceso.

Sí. Aquí iba a estar bien. Podía percibirlo.

Unas semanas más tarde pude confirmarlo. Tenía buenos compañeros y eran trabajadores. En el resto del departamento se respiraba un ambiente acogedor. La gente era muy natural. Y teníamos una buena jefa, siempre accesible para todos.

Por cierto, conocí también a la directora general. Fue al día siguiente de mi incorporación. Y también fue muy amable conmigo.

Se llamaba igual que Rosa, la auxiliar administrativa de recepción que además se ocupaba del almacén y del material de oficina de la empresa.

Con el tiempo entendí que las organizaciones hablan constantemente.

No solo lo hacen a través de quienes toman decisiones.

También hablan mediante quienes reciben a un cliente, contestan una llamada, responden un correo o saludan cada mañana.

Lo recuerdo cada día al entrar y ver la sonrisa de Rosa diciéndome:

—¡Buenos días, madrugador!