
—A mi madre la quería todo el mundo. Ella empezó sola. Llegó a tener cuatro empleadas que estuvieron siempre con ella. Alguna todavía sigue con nosotros.
— Pues vosotros también habéis trabajado lo vuestro. ¡La que habéis liado! ¿Estaréis orgullosos, supongo?
— Sí, la verdad es que no lo hemos hecho mal.
— Te emocionas, ¿eh?
— Yo crecí aquí, literalmente: crecí en este negocio. Eso marca mucho. Es toda mi vida. Esto para mí es mucho más que una empresa… siempre hemos dicho que somos como una familia. Para nosotros es muy importante que todo el mundo esté a gusto. No queremos que la gente se sienta como un número, ni a mí me gustaría convertirme en una jefa así.
— ¿Y lo conseguís? Varios locales, muchos empleados… ahora sois una familia muy numerosa.
— ¡Puf! No siempre es fácil saber dónde está la línea entre empleados y familia. Mi hermano siempre me dice que tengo que ser más jefa, que no son mis hijos. Y yo sé que tiene razón, pero también me asusta que perdamos nuestra esencia, que todo se reduzca a un intercambio económico frío. Ante todo, somos personas. Por ejemplo, estuvimos valorando implantar un sistema variable de incentivos, pero al final lo descartamos porque podía generar competencia entre los empleados y estropear el buen ambiente.
— ¿Pensabais que los empleados podían trabajar mejor?
— No exactamente. Ellos trabajan bien, es solo que deberían estar más centrados en la atención al cliente, en las ventas… es lo que saca esto adelante. Lo que pasa es que a veces alguno se acomoda demasiado y tienes que decírselo; lo paso mal cuando tengo que llamar la atención a un empleado por estas cosas. Es lo que más me cuesta. De verdad, no me gusta nada, pero también hay que ser realistas: estamos aquí para trabajar.
— Parece complicado… sentís esto como una familia y a la vez sois una empresa.
— Exacto, el problema no es solo cuidar a la gente, sino cómo exigir cuando toca: hay clientes que atender, facturas que pagar, plazos que cumplir…
— ¿Y qué teméis perder si exigís más profesionalidad?
— Corres el riesgo de que el ambiente se deteriore. Mira, sin un buen ambiente, ningún negocio funciona. Y nosotros lo que más valoramos es el ambiente humano que creó nuestra madre, el que hemos construido entre todos.
— Es marca de la casa, ¿no?
— Totalmente. Y no queremos perder nuestros valores.
Si el negocio forma parte de la propia identidad, un simple cambio de gestión puede producir vértigo.
A veces, no es tanto por el temor a profesionalizar la empresa, como por el miedo a dejar de reconocerse dentro de ella.
¿Puede avanzar tu empresa sin dejar de ser quien eres?
